La valentía de lo transitorio

A menudo cometemos el error de buscar la felicidad como si fuera un tesoro escondido en el pasado o una meta aguardando en el futuro, convirtiéndola en algo inexistente. La buscamos en objetos, en viajes o en el éxito, olvidando que la felicidad no se mueve: es una forma de mirar lo que ya tenemos. No es un estado de alegría permanente, sino una sucesión de pequeños momentos y «treguas» con el dolor que solo podemos percibir si somos plenamente conscientes del presente, aquí y ahora.

Como dice Gabriel Rolón, ser feliz requiere la inmensa valentía de aceptar que todo lo que amamos es transitorio. En nuestro estudio, No me sueltes nunca, observamos manos que se entrelazan con la urgencia de quien sabe que el tiempo es finito, y es precisamente esa finitud la que le da sentido al vínculo. Si las personas que amamos fueran eternas, quizá no las abrazaríamos con tanta fuerza; aceptar que las cosas terminan no es una tragedia, sino el motor que nos permite disfrutar del viaje y de los nuestros con una intensidad mucho mayor.

Vivir con la conciencia de que nada es para siempre nos permite saborear el instante antes de que se evapore. No esperes a que las circunstancias sean perfectas para sentirte pleno; mira a quién tienes cerca hoy, reconoce la belleza de ese vínculo y atrévete a disfrutarlo con la entrega de quien sabe que el mañana es incierto. La verdadera felicidad es el premio para los valientes que se atreven a amar profundamente, aun sabiendo que, tarde o temprano, tendremos que soltarnos.

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