Hoy, mi compañero recorre el camino de vuelta. No es una huida, es un rito. Ha vuelto al lugar donde las raíces reclaman su cuota de memoria, allí donde una vela se consume lentamente, iluminando el final de un sendero que todos, tarde o temprano, hemos de caminar.
No es un final, aunque lo parezca. Es simplemente otra estación de la vida. Hay una belleza sagrada en ese gesto suyo de volver para sostener una mano que se despide, para devolver en forma de presencia toda la gratitud que las palabras ya no alcanzan a nombrar.
Me habita una tristeza que es, al mismo tiempo, un altar. Siento el frío del espacio vacío en mi lado de la cama, pero me desborda el orgullo de saber que estoy unida a alguien que entiende que el amor no es solo compañía, sino también testimonio.
Ojalá que en esa estación de sombras largas se permita descoser el silencio y soltar, con la delicadeza de quien deshoja una flor, cada palabra y cada letra que su corazón ha custodiado. Que se atreva a narrar, sin prisa, el telar de una vida donde la infancia fue semilla y la madurez sombra fresca, agradeciendo cada hilo de tiempo compartido. Y si la voz se le quiebra ante la inmensidad de lo que se despide, que sea capaz de cifrar todo ese discurso del alma en el refugio de un susurro, en ese lazo invisible que lo nombra todo cuando el aire falta: No me sueltes nunca.
Mi único deseo es que sus manos lleguen a tiempo para ser el puente de paz de quien se despide, porque he comprendido que la felicidad auténtica a veces sabe a sal y a ausencia, pero es esa misma entrega la que nos permite vivir con el alma ancha, sabiendo que el amor verdadero no teme a la partida cuando el destino es la dignidad y el consuelo.
Porque la felicidad, la de verdad, sabe a veces a sal y a distancia. Pero es esa misma sal la que conserva lo que es eterno.
